domingo, 24 de julio de 2022

#A342 Perseveremos

Serie: Tiempo de Revolución 



Ps. Jorge Macías Benitez 

17 de Julio del 2022 



Introducción


Hola buenos días, ¡Bienvenidos a esta Casa, la Casa de Dios, Reino de Dios Ministerios!


Soy el Pastor Jorge Macías Benítez, su hermano e Hijo de Dios; también de corazón te tiendo la mano, te abro el corazón y te quiero recibir, dar un abrazo…¡¡¡¡en el Amor del Señor!!!

Amadas y amados e la Fe, el oyente más ávido puede confundir fácilmente sus pensamientos con nuestras palabras, y atribuirnos de esa manera conceptos que brotan espontáneamente de su propia mente. 

Así, no es extraño encontrare con personas que piensan que  aunque un hombre sea Salvo en Jesucristo, después de todo, puede perecer. 

En las reflexiones que comparto en línea, así como estos mensajes, me encuentro con personas que toman el texto del mensaje y lo interpretan de una forma incompleta, o de plano equivocada.

Así me sucedió con algo que compartí, durante la semana e los muros en Facebook, trasmitiendo en vivo.

Lo que pretendía decir, aunque no me sorprende que no se me hubiese entendido adecuadamente, era esto: que el Salvo tiene que ser siempre un creyente; que habiendo comenzado en esa certeza, tiene que continuar en esa certeza y el Fruto lo muestra. 

Así lo dice Gálatas 5: 22-23.

Ahora, la alternativa en caso de NO Permanecer para esa persona, sería que regresara a la perdición, en cuyo caso perecería como un incrédulo, y entonces la inferencia sería que la fe que parecía tener era una mentira, que la confianza de la que parecía disfrutar era una burbuja, y que realmente no creyó nunca para salvación de su alma. 

Este es un argumento válido basado en la operación del Espíritu de Dios y no es de ninguna manera una condición dependiente del buen comportamiento de los individuos. 

La única vía por la que un alma es salvada es porque esa alma permanece en Cristo; si no permaneciera en Cristo, sería descartada como un pámpano y se secaría. 

Por otra parte, sabemos que quienes están injertados en Cristo permanecerán en Cristo. 

Veamos el fundamento esta tarde del domingo 24 Julio del 2022:

“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” 

Juan 10:28.

El Título del mensaje hoy, es:

#A342 Perseveremos


Oremos


Profundicemos


Si vamos a nuestro razonamiento a la manera del apóstol Pablo quien, después que hubo hablado del peligro en que algunos se encontraban consistente en que habiendo comenzado bien, terminaran mal. 


Es entonces que después de ser iluminados y de gustar de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, recaen.


Pablo agrega: 


“Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.” 


Ahora, amada, amado e la Fe, la #Certeza de la #Perseverancia del Salvo hasta el fin y la seguridad de su ingreso en el eterno reposo, son - o al menos para nosotros, debieran ser - incuestionables. 


Se me viene a la mente de inmediato este texto: 


“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.”


Las tres cláusulas de esta oración representan para nosotros tres seguridades llenas de gracia. 


He aquí un don divino: “Yo les doy vida eterna”; una promesa divina que es amplia y de largo alcance: “no perecerán jamás”; y un asidero divino: “ni nadie las arrebatará de mi mano.”


Don Divino


La vida eterna viene a todo el que la recibe en calidad de un don. 


El ser humano no la poseía cuando entró por primera vez en el mundo. 


Nació del primer Adán, y nació para vida eterna, aunque luego murió. 


No la extrajo de sí mismo ni provocó su desarrollo en su interior mediante algunos procesos misteriosos. 


No es un cultivo de casa, ni es un producto del suelo de la humanidad: es un don. 

Tampoco es otorgada la vida eterna como una recompensa por servicios prestados. 


No podría ser, pues es un prerrequisito previo a la realización del servicio. 


El término “don” excluye toda idea de deuda. 


Si es por un don, o por gracia, no es por deuda o por recompensa, es un Regalo. 


Entonces, siempre que la vida eterna es implantada en el alma de alguna persona, eso se realiza como un don gratuito del Señor Jesucristo; no como algo merecido, sino como algo otorgado a personas indignas. 


Por esto no vemos ninguna razón por la que deba serle revocada a la persona que la ha recibido. 


Ahora, supongamos que hubiera ciertos motivos de descalificación en la persona que ha participado del don; con todo, esas descalificaciones no podrían operar para impedir que disfrute de la bendición, como tampoco pudieron impedir que la recibiera inicialmente, aun si hubiesen sido tomadas en cuenta. 


El don no le llega a la persona por causa de algún merecimiento propio, sino que le llega como una dádiva. 


No hay ninguna razón por la que una vez que cobra existencia no deba continuar, ni hay razón por la que el uso del tiempo presente de verbo dar, tal como lo tenemos aquí, no deba describir siempre un hecho presente. “Yo les doy”— continúo dándoles—“vida eterna.” Dice…

Ese hecho no puede verse afectado por una indignidad descubierta posteriormente, porque Dios conoce lo porvenir desde el principio. 


Cuando Él otorgó la vida eterna a la persona que la posee, conocía muy bien cada imperfección y cada falla que habrían de presentarse en esa persona.


Esas fallas, si hubieran constituido en absoluto razones, habrían sido un motivo para no otorgarla, antes que para darla y quitarla de nuevo. 


Ahora, claramente es inconsistente con los dones de Dios, el que estos sean anulados alguna vez. 


Tenemos establecido como una regla del Reino, la cual no puede ser violada, que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.” 


Él no cancela por capricho aquello que ha conferido por Su propia buena voluntad. 


No va acorde con la naturaleza real del Señor, nuestro Dios, otorgar un don de la gracia en un alma, para luego, posteriormente, retirarlo; levantar a un hombre de su natural degradación y colocarlo entre los príncipes, dotándolo de una vida eterna, para luego derribarlo de su excelso estado y privarlo de todos los beneficios infinitos que le ha conferido. 


El propio lenguaje que estoy usando es lo suficientemente contradictorio por sí solo para iid en contra de esa sugerencia. 


Dar la vida eterna es dar una vida más allá de las contingencias de esta presente existencia mortal. 


“Por siempre” es un sello estampado en la carta de privilegio. 


Quitarlo no sería consistente con la regia liberalidad del Rey de reyes aun si fuese posible que tal cosa pudiera suceder. 


“Yo les doy vida eterna.” 


Si Él da, entonces da con la soberanía y la generosidad de un rey; da permanentemente, con una posesión permanente. 


  • Él da de tal manera que no revocará la concesión. 
  • Él da y les pertenece: será de ellos mediante una garantía divina de derechos por los siglos de los siglos.



Podemos inferir la absoluta seguridad del creyente, no sólo del hecho de que esta vida es un don absoluto, y que por tanto, no será retirada, sino también de la naturaleza del don, que es: vida eterna. 


“Yo les doy vida eterna.” “Sí”—dice alguien—“pero se pierde.” 


Entonces no pueden haber tenido una vida eterna. 


Es una contradicción en los términos decir que un hombre tiene vida eterna pero que, no obstante, perece. 


¿Puede sobrevenirle la muerte a lo inmortal, o puede afectar el cambio a lo inmutable, o puede corroer la corrupción a lo imperecedero? 

¿Cómo puede ser eterna la vida si llega a un fin? 

¿Cómo puede ser posible que uno tenga vida eterna y, con todo, que muera de pronto, o que se desplome tal como falla la débil naturaleza en todas sus funciones? 


¡No!, la eternidad no debe ser medida por semanas o meses o años. 


Cuando Cristo dice eterna, Él quiere decir eterna, y si he recibido el don de la vida eterna, no es posible que yo peque de tal manera que pierda esa vida espiritual por algún medio de algún tipo. 


“Es vida eterna.”


Podemos esperar razonablemente que el creyente persevere hasta el fin porque la vida que Dios ha implantado en su interior es de tal naturaleza que tiene que continuar existiendo, tiene que vencer todas las dificultades, tiene que madurar, tiene que perfeccionarse, tiene que echar fuera de sí al pecado y tiene que llevarlo a la gloria eterna. 


Cuando Cristo habló con la mujer samaritana junto al pozo, dijo: 


“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” 


Esto no podría significar un trago pasajero que calmaría la sed durante una hora o dos, sino que tiene que implicar una participación tal que cambie la constitución real de un ser humano y su destino, y que se convierta en él en un manantial inextinguible. 


La vida que Dios implanta en los Salvos por la regeneración no es como la vida que ahora poseemos por la generación. 


Esta vida mortal pasa. 


Está ligada a la carne, y toda carne es como hierba: se marchita. 


“Lo que es nacido de la carne, carne es.” 


No así la nueva vida que es nacida del Espíritu y es espíritu, pues el espíritu no es susceptible de ser destruido: continuará y perdurará por todos los siglos. 


La vida eterna en el interior de todo hombre que la posee es engendrada en él “no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” mismo. 


Gracias sean dadas al Padre pues es por Él que nosotros hemos 


“renacido para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.” 


Rastreando esta vida implantada hasta su origen, se dice de nosotros: 


“siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.”  1a. Pedro 1:23


Es una simiente santa. 


No puede pecar, pues es nacida de Dios. 


Somos hechos partícipes de la naturaleza divina, y la nueva vida en nuestro interior es una vida divina. 


Es la vida de Dios en el interior del alma del hombre. 


Nos convertimos en los que hemos nacido dos veces, con una vida que no puede morir como tampoco puede hacerlo la vida de Dios mismo, pues es, de hecho, una chispa que proviene de ese gran sol central; es un nuevo pozo en el alma que extrae sus suministros de la profundidad subterránea, de la inextinguible fuente de la plenitud de Dios. 


Esta es, entonces, una segunda razón para creer en la seguridad y en la perseverancia final del creyente. 


El creyente tiene un don de Cristo, y Cristo no le quitará Su don; él tiene una vida que es en sí misma inmortal y eterna.


Adicionalmente, esta vida en el interior del cristiano que es un don de Cristo, está siempre vinculada a Cristo. 


Nosotros vivimos porque somos uno con Cristo; así como el pámpano succiona su savia de la vid, así también nosotros seguimos obteniendo la sangre de nuestra vida, las provisiones de nuestra vida, de Cristo mismo. 


La unión entre el creyente y Cristo es vital te da Certeza. 


Pues, ¿qué dice nuestro Señor respecto a ella? 


“Porque yo vivo, vosotros también viviréis.” 


No es una relación que pueda ser disuelta o un vínculo que pueda ser cortado, sino que es una necesidad en la que no puede intervenir ningún accidente; es una ley fija del ser:


 “Porque yo vivo, vosotros también viviréis.” 


Que la unión entre Cristo y Su pueblo es indisoluble parece obvio partiendo de las figuras que son utilizadas para ilustrarla. 


Indican de una manera tan contundente que no puede haber ninguna separación, que muy bien podemos decir: 


“¿Quién nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro?” 


¿Acaso no estamos desposados con Cristo? 

¿Qué metáfora podría ser más expresiva? 


El Valor en Cristo


para calcular su valor tienes que tomar la descripción divina de la relación. 


Pues aunque las bodas son secularizadas por nuestras Actas del Parlamento y los lazos nupciales son considerados como contratos civiles, Dios ha declarado que el varón y la mujer constituyen una sola carne; sí, a los ojos del cielo, aquel que se une a una ramera es un solo cuerpo con ella. 


Entonces, si en el matrimonio ordinario el divorcio es posible, y, ay, es demasiado común, cuando acudes a la Escritura encuentras que está escrito que Él odia el repudio. 


Él ha dicho: 


“Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia... y en fidelidad, y conocerás a Jehová.”  Oseas 2: 19-20


El matrimonio entre Cristo y nuestras almas no puede ser disuelto nunca. 


Sería una blasfemia suponer que Cristo pedirá el divorcio, o suponer que se pueda proclamar que Él repudió a quien eligió desde la antigüedad, el mismo para quien preparó el grandioso festín de bodas y para cuya eterna bienaventuranza preparó un lugar en la gloria. 


No, no podemos imaginar unos esponsales que conduzcan a una separación.


Además, ¿acaso no somos miembros de Su cuerpo? 


¿Acaso Cristo será desmembrado? 

¿Perderá Él, cada vez y cuando, un miembro por aquí y otro miembro por allá? 

¿Puedes suponer que Cristo está mutilado? 


Me cuesta pensar y mucho menos expresar el pensamiento de que podría faltar aquí o allá un ojo, o un pie, o un oído para completar la perfección de Su persona mística. 


¡No!, eso no sucederá. 


Los miembros del cuerpo de Cristo serán vivificados tan vitalmente por el corazón y por Él mismo que es la cabeza, que seguirán viviendo, porque Él vive. 


Cuando un hombre se mete en el agua, la corriente pudiera tener naturalmente poder para ahogarlo, pero mientras su cabeza permanezca sobre el agua, no es posible que la corriente ahogue sus pies o sus manos; y ya que Cristo, la cabeza, no puede morir ni puede ser destruido, ni todas las aguas que aneguen a los miembros de Su cuerpo los destruirán, no pueden destruirlos.


Además, la vida del creyente es sustentada constantemente por la presencia del Espíritu Santo en su interior. 

Es un hecho, bajo la dispensación del Evangelio, que el Espíritu Santo no sólo está con los creyentes, sino que está en los creyentes. 


Conclusión


Oh Amadas y amados, Él mora en ellos y los convierte en Su templo. 


La vida, tal como les hemos mostrado, es sui generis, es única, inmortal; es inmortal porque está unida con un Cristo inmortal, pero es también inmortal porque es sustentada por un Espíritu Divino que no puede ser vencido, que tiene poder para enfrentar todo el mal que falsos y perversos espíritus intentan generar para nuestra destrucción, y Quien día con día agrega un renovado combustible a la llama eterna de la vida del creyente en su interior. 


Si no fuese por la permanencia del Espíritu en nosotros, podríamos estar sujetos a alguna duda, pero en tanto que Él continúe permaneciendo en nuestro interior por siempre, no temeremos.


Entonces el primer consuelo que extraemos de nuestro texto es que somos los receptores de un don divino: “Yo les doy vida eterna.”


Tenemos UNA PROMESA DIVINA: “No perecerán jamás.” 


Aunque en ello profundizaremos la próxima semana, con un nuevo Mensaje.


Oremos


Ps. Jorge Macías Benitez


¡Dios les Bendice!